En el MAE he aprendido que las despedidas no son finales, son raíces que siguen sujetando el suelo incluso cuando quienes las sembraron ya no están.
La primera vez que comprendí que el MAE era algo más que un mercado no fue cuando entré en él, sino mucho antes. Lo sentí en forma de abrazo, de esos cálidos y silenciosos que te sostienen sin pedir nada. Me dieron lugar incluso antes de que yo supiera si lo tenía. Aquello ya decía mucho del tipo de comunidad que más tarde descubriría.
El día en que entendí dónde estaba
Cuando por fin llegué al MAE descubrí que este lugar tiene sus propios vientos y mareas. Jornadas en las que todo fluye como un río manso y otras en las que la vida te muestra sus lecciones.
Pero sobre todo descubrí algo más profundo, que el MAE es uno de esos lugares en los que uno siente que puede hacer algo importante, algo que llenará la vida de historias, de risas, de trabajo duro y de sentido. Aquí se aprende que lo bueno se construye con esfuerzo, con dedicación, con manos que no solo crean piezas, sino vínculos.
Porque el MAE tiene vientos y mareas… pero tiene, sobre todo, una manera única de navegar juntos.
Las primeras despedidas
Hay quienes un día ya no regresan. Y duele. Crees que queda un vacío… pero no es así, queda una estela. Aprendes entonces que en el MAE nadie desaparece del todo. Que cada vida deja un hilo prendido del que seguimos tirando para avanzar.
También llegan otras despedidas distintas, compañeros que tomaron otros caminos, los primeros compañeros que se retiran después de años sosteniendo la estructura del mercado
Un momento de inflexión
Con sus 23 años, el MAE vive una de sus etapas más bonitas, robusto y con una identidad consolidada. Pero la condición humana es efímera, y justo ahora, en una etapa de impulso maravillosa, vivimos un cambio profundo. Un número importante de quienes estuvieron desde el principio han llegado a su merecida jubilación.
Es un momento agridulce. Alegre, porque deseamos que disfruten esta nueva etapa. Melancólico, porque sabemos que se va cerrando un ciclo.
Y duele admitir que lo que fue ya no existirá exactamente igual. Pero también reconforta saber que se transforma en algo precioso gracias a todo lo que ellos construyeron.
Llegar cuando la ola esta alta
Mi llegada al MAE coincidió con ese punto de inflexión, hace ya casi diez años. El mercado empezaba a recoger los frutos de años de trabajo, lo que antes era una travesía llena de incertidumbre se convertía en un proyecto sólido, potente, lleno de rumbo.
Yo me sumé a remar, a aportar dentro del grupo. Y con el tiempo, entre todos, elevamos ese nivel. Pero siempre con la consciencia de que surfear esa ola no era mérito solo de quienes estábamos entonces, sino de todos los que remaron antes que nosotros.
Por eso desde el primer día he sentido un profundo respeto y admiración por quienes han estado desde el principio. Esa admiración venía de ver cómo cuidaban del mercado como quien cuida de una casa que quiere dejar en mejores condiciones para los que vienen detrás. Es imposible no reconocer en ellos una mezcla de oficio, de generosidad, de humildad y de fortaleza.
Creo que esto mismo marca a todo el que entra nuevo. Enseguida se sabe que entras en algo que es mucho más de lo que se ve desde fuera. Y ese reconocimiento, esa gratitud hacia quienes están y estuvieron, sigue siendo una brújula que enseguida descubres que nos guía por un buen rumbo.
Celebrar lo que permanece
Este diciembre nos reunimos para homenajear a esas personas que ahora emprenden otro camino. Para agradecerles, para decirles que su huella es imborrable, para recordarnos que su despedida no es un final, sino un acto de continuidad.
Porque en el MAE, cada artesano que se va deja prendido un hilo. Y esos hilos, juntos, forman la urdimbre que sostiene a quienes seguimos. Son raíces invisibles que no se ven, pero mantienen vivo al proyecto.
Aquí nada se pierde. En este espacio que se monta y se recoge tantas veces, lo que somos permanece en forma de gesto, de historia, de mirada, de abrazo.
Las miradas que quedan, los retos que llegan
Al mirar a los compañeros que se van hay un pensamiento que recorre la mente y el corazón. Sabemos que detrás de cada puesto hay años de convivencia, risas, afinidades, complicidades, conversaciones. Eso es lo que construye amistades que perduran. Eso es lo que construye grupo.
A veces, para un ojo inexperto, parece simplemente que nuestros puestos se mueven de lugar de mes en mes por la plaza. Pero si uno observa con detenimiento, verá que no solo nos movemos: bailamos. Bailamos al unísono, en parejas o en pequeños grupos que hablan de sinergias invisibles, de historias compartidas, de una vida tejida entre todos. Ese movimiento compartido nace de afinidades personales que, con los años, hacen que muchos de nuestros puestos viajen juntos de un mes a otro como si también entre ellos existiera una complicidad silenciosa.
Y todo eso permanece y hace fuerte al grupo.
Pero junto a la emoción, también llegan retos. Hay oficios que casi se apagan cuando un compañero se marcha. Otros encuentran continuidad en manos nuevas, con visión renovada. Sigue existiendo un problema que nos preocupa, la falta de formación reglada que asegure la transmisión de los oficios tradicionales corremos el riesgo de perder saberes que son parte de nuestra identidad.
Aun así, es hermoso ver cómo, dentro del MAE, esa sabiduría se comparte. Cómo el mercado, consciente del relevo generacional, siembra el apego por la artesanía con talleres, encuentros, actividades en colegios… creando nuevas sensibilidades y afectos por los oficios.
Una historia más que el MAE nos regala
Cada uno de nosotros guarda una historia, una anécdota o un recuerdo que, aun siendo personal, habla mucho más del nosotros que del yo. Son relatos que nacen de vivencias individuales pero cuya raíz está siempre en lo que somos como MAE, en ese tejido común que nos sostiene.
La mía es solo un ejemplo. Hoy puedo decir que soy artesano, que lo era incluso antes de saberlo y sé que ese camino no nació únicamente de mí. Surgió del MAE, como un rayo de Sol que me iluminó para ver lo que había.
Y pienso, es el propio MAE el que tiene esa capacidad de revelar lo que uno es cuando el grupo te sostiene, te impulsa. Porque incluso en los descubrimientos más íntimos se ve la fuerza de lo colectivo.
Y estoy seguro de que cada uno de nosotros podría contar una historia así, una vivencia que nos marca, que nos define como personas y que al mismo tiempo revela algo profundo sobre lo que significa formar parte del MAE.
Y sé también que muchas de esas historias se marcharán con quienes ya no están y con quienes un día nos iremos. Pero, igual que desaparecen, también nacen otras nuevas, llegan con las manos que se suman, con la miradas fresca, con los caminos que se cruzan por primera vez. Ahí reside la verdadera continuidad del MAE, en esa cadena de relatos personales que se enlazan unos con otros, creando un rumbo común que no debemos perder.
No es un adiós.
Este diciembre nos juntamos para mostrar que la despedida no es un final. Es un homenaje. Una manera de decir: “Seguís con nosotros, aunque ya no estéis aquí.”







